Sí puedo abrirte algo más que las piernas: mi alma y mi corazón. Aquí los tienes para que los hagas pedazos. Querías entrar en este espacio, ¿verdad? Entra, pero ya no hagas más destrozos...


Friday, 15 January 2016

Cuarenta minutos

Hay un promedio que odio, que me entristece, y que, quizá, creas que es innecesario medir.
Cada vez que acudo a ti, son cuarenta minutos aproximados de efímera alegría, camuflada con mi fachada de no sentir nada, cuarenta minutos desde que llego al punto de encuentro, hasta llegar a tu destino. Cuarenta minutos en los que prefiero el silencio para no llorar frente a ti o para no saltar hacia ti y no soltarte jamás, cuarenta minutos en los que hago un ejercicio de enorme de controlar mis ganas de besarte y abrazarte, porque sé que ni al despedirme podré besarte como las parejas felices.

Una vez que acaba el viaje sobre ruedas, me esperan otros cuarenta minutos de regreso a casa, cuarenta minutos en los que estallo en lágrimas y subo el volumen del radio para cantar gritando, y lograr entrar por la puerta como si nada y una sonrisa estúpida. Cuarenta minutos en los que imagino cuán diferente sería si no tendría que medir le maldito tiempo que puedo estar junto a ti.

Cuarenta tortuosos minutos en los que una película entera pasa por mi cabeza, sobre cómo sería mi vida a tu lado, y podría jurar que me veo tan pero tan feliz, que creerías que no soy la misma que va a tu izquierda sentada como un témpano de hielo. Ojalá algún día puedas ver el brillo de mis ojos durante tan pasajeros minutos...


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